74. Juegos ardientes I
Arturo Abad Rocamonte
Entré en la habitación de mi hija con una sonrisa que no podía contener. Lisa estaba sentada en el suelo, rodeada de muñecas y juguetes, mientras la señora Mariana —su niñera— la observaba con paciencia. Cuando ella me vio, le hice una pequeña seña con la mirada para que entendiera que quería quedarme a solas con mi hija. Mariana asintió en silencio y salió de la habitación con discreción.
Me acerqué despacio, apoyando una rodilla en el piso frente a Lisa.
—Te tengo una so