75. Juegos ardientes II
Sus ojos brillaron, y ese rubor leve en sus mejillas me pareció la escena más dulce del día. Me incliné apenas, rozando sus labios con los míos, sin prisa.
—Entonces —susurró ella, con un brillo travieso—, si hoy no jugamos al doctor… podríamos jugar al arquitecto.
Me reí, sorprendido.
—¿Arquitecto?
—Tú decides cómo construir esta noche —dijo, alzando la mirada con esa picardía sutil que me desarmaba.
Su tono me arrancó una sonrisa. Había algo en ella que combinaba perfectamente la inocencia co