Los últimos rayos de sol comenzaban a extinguirse cuando Lorena Ortiz apretó el celular contra su oído, con los nudillos blancos de la rabia. Desde la ventana de su lujosa habitación, observaba cómo las extensas tierras de su familia se tenían de anaranjado, pero ella solo veía rojo, la rabia y el despecho la estaban consumiendo completamente.
¿Cómo podía perdonar la humillación a la que fue sometida por la culpa de la zorra de Catalina? Algo así no se podía ignorar y Catalina merecía pasar un