Valentina no bajó a desayunar esa mañana. Tampoco salió de su habitación. El silencio en la casa era tan espeso como el aire antes de una tormenta. Alejandro pasó dos veces frente a su puerta, deteniéndose por un segundo, con la mano alzada, como si quisiera tocar. Pero no lo hizo.
No sabía qué decir. Y, más aún, no sabía si merecía ser escuchado.
Valentina, por su parte, sentía una mezcla de vacío y rabia que no podía ordenar. Había pasado la noche en vela, dándole vueltas a todo: al contrato,