Seis meses después de aquella noche de tormenta, el invernadero de la mansión Blackwood se preparaba para una boda que nadie esperaba tan pronto.
No habría invitados famosos, ni prensa, ni lujos excesivos. Solo la familia cercana, algunas parejas que habían sanado en el retiro y las rosas como testigos principales. Sofía había sido clara: quería casarse donde todo había comenzado y donde todo seguía vivo.
La mañana de la boda amaneció clara y dorada. Sofía se vistió en la misma habitación donde