El precio que elegimos

Quince años después

La mansión Blackwood ya no era solo una casa.

Era un hogar lleno de historia, de cicatrices curadas y de risas que llenaban cada rincón.

Isabella estaba sentada en el viejo columpio del jardín, balanceándose suavemente mientras observaba el atardecer. Tenía el cabello más largo, con algunas hebras plateadas que brillaban bajo la luz dorada. Su vientre ya no estaba redondeado; los seis hijos que había traído al mundo ahora corrían por el césped con la energía de su padre y la determinación de su madre.

Alexander (18 años) discutía con Mateo (15) sobre quién era mejor en el fútbol. Sofía (14) leía un libro sentada bajo el árbol favorito de Isabella, mientras Emma (11) y Valentina (9) intentaban trepar al mismo árbol. La pequeña Luna (5 años) corría detrás de todos con una risa contagiosa.

Ethan apareció por el sendero, con las mangas de la camisa arremangadas y una sonrisa tranquila en los labios. Se acercó al columpio y se sentó detrás de Isabella, rodeándola con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro.

—Sigues siendo la mujer más hermosa que he visto —murmuró contra su cuello.

Isabella sonrió y se recostó contra su pecho.

—Y tú sigues siendo el hombre más arrogante que conozco… pero ya no quiero que seas otro.

Se quedaron en silencio unos minutos, observando a sus hijos jugar.

—Quince años —dijo Ethan en voz baja—. Quince años desde que te vi en aquella fiesta con veneno en el bolso y ganas de destruirme.

Isabella rio suavemente.

—Quince años desde que me secuestraste y juraste romperme.

Ethan besó su hombro.

—Terminaste rompiéndome tú a mí.

Isabella giró la cabeza para mirarlo.

—Pagamos un precio muy alto, Ethan. Sangre, odio, lágrimas, noches en las que creí que te mataría… pero míranos ahora. Seis hijos. Una familia. Una vida que ninguno de los dos imaginó cuando todo empezó.

Ethan tomó su mano y entrelazó sus dedos.

—Nunca pensé que el precio de amarte sería tan caro… ni que valdría tanto la pena.

Isabella apretó su mano.

—Elegí quedarme. Elegí amarte. Elegí construir esto contigo. Y lo volvería a elegir mil veces más.

Ethan la besó con lentitud, con esa mezcla de ternura y posesión que nunca había perdido. Sus labios se movieron contra los de ella con calma, saboreándola, recordándole que ya no eran enemigos.

Cuando se separaron, Ethan apoyó su frente contra la de ella.

—Para siempre —susurró.

—Para siempre —respondió Isabella.

Abajo, Alexander gritó:

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Vengan a jugar con nosotros!

Ethan tomó la mano de Isabella y la ayudó a levantarse.

—¿Vamos?

—Vamos —dijo ella, sonriendo.

Bajaron juntos hacia el jardín, donde sus hijos los esperaban con los brazos abiertos y risas que llenaban el aire.

Mientras caminaban de la mano, Isabella miró a Ethan de reojo y pensó en todo lo que habían vivido:

El odio inicial.

La venganza.

Las noches de fuego y dolor.

Las balas.

Las mentiras.

Y finalmente… el amor.

El precio había sido altísimo.

Pero mirando a sus hijos correr hacia ellos, sintiendo la mano de Ethan apretando la suya y sabiendo que mañana despertarían juntos otra vez, Isabella supo una verdad absoluta:

Valió la pena.

Cada lágrima.

Cada cicatriz.

Cada noche de odio.

Porque al final, amar al enemigo no fue su condena.

Fue su mayor salvación.

Y mientras los niños se lanzaban a sus brazos, Isabella Blackwood cerró los ojos y sonrió.

El enemigo ya no existía.

Solo quedaba el hombre que amaba… y la vida que habían construido juntos.

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