Hazel se encontraba acostada en aquella camilla, sus piernas se hallaban completamente abiertas, mientras su intimidad era incómodamente inspeccionada. Aquella era una experiencia que no quería volver a repetir, pero era necesaria para demostrar la inocencia de Alexander.
—Muy bien, puedes cerrarlas—índico la doctora dando por concluida la prueba.
Amelia se apresuró en cubrir a su hija, puesto que sus piernas no le respondían para hacerlo por sí sola. Esa última semana había faltado a todas sus