—Por favor, Amelia, escúchame. Yo no quise que nada de esto pasara.
Mabel no dejaba de pedir disculpas, la culpabilidad que se cernía sobre ella, era demasiado pesada. ¿Su hija no podría volver a caminar? No, no podía perdonarse semejante cosa.
—¿Por qué fuiste a presionarla?—la encaro Amelia con sus ojos rojos de cólera—. Teníamos un trato, Mabel, te di mi palabra de que te dejaría conocerla. Sin embargo, se te ocurrió la brillante idea de exponerla delante de todos sus compañeros. ¡¿Acaso n