El apartamento de Carla estaba en silencio cuando Bianca cerró la puerta detrás de sí. Aún tenía el aroma del restaurante pegado a la ropa y una presión en el pecho que no había logrado soltarse desde que salió corriendo del lugar.
Soltó las llaves sobre la mesa, caminó despacio hasta el mueble del salón y se dejó caer en él como si el mundo le pesara encima. No había ruidos, no había voces, no había nadie que la distrajera.
Carla había salido a mercar hace menos de diez minutos, y aunque Bianc