El murmullo ligero del restaurante seguía llenando el ambiente, pero para Bianca todo estaba en silencio. Era como si el mundo se hubiera quedado suspendido del hilo finísimo de lo que Luciano acababa de confesar. Sus latidos sonaban tan fuertes que apenas escuchaba algo más. Las luces cálidas, la música suave, las risas distantes… todo parecía moverse bajo el agua.
Luciano la observaba desde el otro lado de la mesa, con la respiración entrecortada y los ojos cargados de algo que Bianca no sabía si era culpa, dolor o amor. Tal vez las tres cosas juntas.
Él extendió la mano lentamente, con la intención de tomar la de ella.
Bianca la retiró de inmediato.
El gesto fue pequeño, casi imperceptible, pero en el pecho de Luciano se sintió como si le hubieran dado un golpe directo.
—Bianca —susurró él, con la voz quebrada—. De verdad te amo. No tienes idea de cuánto… te necesito en mi vida. Mateo te necesita.
Ella tragó saliva y sintió cómo el corazón se le hundía un poco más. No podía mirarlo