La noche había caído hacía rato sobre el vecindario tranquilo donde Carla vivía. La casa entera estaba en silencio, excepto por un punto débil y tembloroso: el cuarto de huéspedes, donde Bianca llevaba casi una hora sentada en la cama sin poder moverse del lugar.
Tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y el celular temblando entre sus manos.
Una llamada entró.
Luego otra.
Y otra más.
Luciano.
Su nombre iluminaba la pantalla como una herida fresca que no terminaba de cerrar.
Bianca apretó l