La noche había caído hacía rato sobre el vecindario tranquilo donde Carla vivía. La casa entera estaba en silencio, excepto por un punto débil y tembloroso: el cuarto de huéspedes, donde Bianca llevaba casi una hora sentada en la cama sin poder moverse del lugar.
Tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y el celular temblando entre sus manos.
Una llamada entró.
Luego otra.
Y otra más.
Luciano.
Su nombre iluminaba la pantalla como una herida fresca que no terminaba de cerrar.
Bianca apretó los dientes.
No iba a contestar.
No podía.
Golpes suaves sonaron en la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó Carla con voz baja.
Bianca apenas levantó la mirada.
—Sí.
Carla entró, cerrando la puerta despacio. La vio con el celular en la mano, el cuerpo rígido y la expresión perdida.
—Otra vez —murmuró Carla—. ¿Cuántas van?
—No sé —respondió Bianca sin emoción—. Perdí la cuenta.
Carla se acercó y se sentó a su lado.
—¿Quieres apagar el teléfono?
—Quiero… —Bianca respiró hondo— quiero no sentir nada. So