Le entregó el tarro de helado y luego la cargó en brazos, estilo princesa. Dantes caminó a pasos lentos hacia su aposento, mientras Lirio sentía su corazón querer salirse de su pecho.
Al llegar a la habitación, Dantes la dejó en el suelo para quitarle el tarro de helado de la mano y acariciar su mejilla con una sonrisa.
—Desnúdate para mí —ordenó, sentándose en el sofá desde donde tenía una vista perfecta de ella. Dantes cruzó las piernas y colocó un dedo debajo de su barbilla, esperando. —¿No