Alina
La mañana llegó sin ruido.
Una mañana irreal, suspendida, como si se disculpara por venir a perturbar la magia de la noche.
Desperté en sus brazos, acurrucada contra él, mi rostro anidado en el cálido hueco de su torso. El latido de su corazón aún me mecía, profundo, regular, tan reconfortante como un juramento silencioso.
A nuestro alrededor, el bosque se despertaba lentamente, acariciado por una bruma pálida que flotaba entre los árboles como un antiguo velo. El canto de los pájaros