No se dio cuenta enseguida de que la respiración se había vuelto más suave. Se giró: la niña dormía, torcida incómodamente en el sillón, el atlas resbalado hacia un lado.
Se levantó, retiró el libro con cuidado, cubrió a Maria con una manta y volvió al escritorio. Hacía mucho que no trabajaba así: tranquilo y… en paz.
— Maria, vamos — Eva apareció en el umbral. Adrián apenas tuvo tiempo de hacerle un gesto para que guardara silencio.
— ¡Pero Adrián, ya es hora de que se acueste!
— Ya está dormi