Puntualmente a las dieciocho en punto llamaron a la puerta de la habitación, y Eva, con el corazón retumbándole en el pecho, se acercó a abrir. Por supuesto, no era **Adrián Valmont**, sino uno de sus hombres de seguridad.
— El señor Valmont la espera, Evangelina. ¿Está lista?
Ella solo asintió, incapaz siquiera de mover la lengua. Así no podía seguir. Tenía que controlarse; estaba nerviosa como si fuera a una cita. Era solo una cena, fuera cual fuera el plan de Adrián.
Se miró en el espejo y c