Marcos miró de reojo el reloj: ya eran las cinco y media. Se había quedado demasiado tiempo en la oficina y aún tenía que pasar por el supermercado a comprar fruta para Eva.
Ella no pedía nada. Al contrario, se excusaba con torpeza cada vez que él la llamaba —casi cada hora— para preguntarle si se le antojaba algo en ese mismo instante. Se había escrito tanto sobre los caprichos de las embarazadas que, por alguna razón, a Marcos le parecía importante que a Eva también se le antojara algo absurd