Marcos regresó al apartamento. El teléfono, el dinero y las llaves seguían en su sitio, y lo invadió una tristeza tan honda que le daban ganas de sentarse y aullar como un lobo. No tenía la menor idea de adónde могла haber ido Eva: aparte de los Bessonov, en la capital no tenía a nadie más, salvo quizá la pelirroja Irka.
De pronto, Marcos pensó que últimamente había dejado por completo de interesarse por cómo vivía Eva, con quién se relacionaba. Sabía que vivía con él y que trataba con sus amig