Marcos despertó sobresaltado, como si alguien lo hubiera pateado, y durante unos segundos no pudo entender por qué el cuerpo le dolía como si tuviera cien años.
Miles de agujas se le clavaron en las plantas de los pies; encogió las piernas entumecidas y empezó a masajearlas, mientras aguzaba el oído.
En el salón reinaba el silencio. Seguramente Eva seguía dormida.
Y ese pensamiento volvió a golpearlo con dolor: todo estaba mal, absolutamente mal. Ella no debía estar durmiendo sola allí, mientra