El silencio dentro de la casa se volvía cada vez más denso. La señora Álvarez caminaba de un lado a otro, con la respiración agitada y el rostro pálido. Sus tacones golpeaban con furia el suelo de mármol, como si el sonido pudiera ahogar el torbellino de pensamientos que se acumulaban en su mente. El celular temblaba entre sus dedos, pero no se atrevía a marcar aún. No después de lo que acababa de ocurrir. No después de ver la mirada de su esposo clavarse en ella con ese asco… con esa decepción