José Manuel salió del evento con pasos firmes, sintiendo que la sangre aún le hervía en las venas. Samantha iba a su lado, con el rostro marcado por la incomodidad y el fastidio.
Cuando llegaron al auto, José Manuel se giró hacia ella antes de que pudiera abrir la puerta.
—No vayas a decir nada —le advirtió con voz fría—. Te vas calladita.
Samantha lo miró, incrédula.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste. No tengo ganas de discutir contigo, ni de escucharte quejarte por Eliana.
Samantha cruzó los brazo