La noche era serena, y el cielo estrellado parecía haber descendido un poco sobre la ciudad. Eliana, en pijama de tela suave y con una taza de infusión caliente entre las manos, estaba sentada en su sofá, cubierta por una manta ligera. No había encendido la televisión, ni tenía música puesta. Solo disfrutaba del silencio, uno distinto. No uno que doliera, sino uno que se sentía como una pausa necesaria.
Recordaba los días anteriores con José Manuel y Samuel como si fueran parte de un sueño. Su