La tarde había empezado a cubrirse de nubes suaves, de esas que no anuncian tormenta pero sí invitan al recogimiento. Gabriel iba de la mano de su madre, saltando de baldosa en baldosa como si fueran islas que lo protegían de un océano invisible.
Eliana caminaba a su lado, con las bolsas del mercado colgando de su brazo, y una sonrisa aún dibujada en los labios. Pero por dentro, sus pensamientos eran un río enmarañado. Aún podía sentir el eco de la mirada de María José en la heladería, esa mezc