La noche lo envolvía todo. Las luces de la ciudad titilaban a lo lejos, como si el mundo respirara a través de ellas. Dentro del apartamento, reinaba una calma tibia. Gabriel dormía profundamente en su habitación, abrazado a su peluche favorito, mientras Isaac leía un libro en la sala, con la televisión apagada y una lámpara tenue encendida. El silencio era reconfortante, pero en la habitación de María José, algo se gestaba entre los pliegues del sueño.
Con los párpados suavemente cerrados y el