El sol de la mañana filtraba una luz tibia por las ventanas del apartamento, cuando María José le ajustó el gorrito a Gabriel y tomó su mano con suavidad.
—¿Vamos a visitar a la tía Eliana? —preguntó el niño con ojos brillantes.
—Sí, amor. Creo que le gustará vernos.
—¿Va a estar Samuel? —inquirió con inocencia.
María José tragó saliva. No quería adelantarle la tristeza, ni tampoco mentirle.
—No lo sé, Gabo. Pero seguro que ella tiene cosas lindas para jugar.
El niño asintió, satisfecho con esa