La habitación del hospital estaba sumida en una penumbra serena. Solo las luces tenues del monitor cardíaco y del suero iluminaban el rostro dormido de María José, cuyo pecho subía y bajaba en un compás lento y constante. El silencio era profundo, casi sagrado, apenas interrumpido por el leve pitido del monitor y el murmullo del aire acondicionado.
Isaac no había dormido. No porque no tuviera sueño —el agotamiento se le notaba en cada fibra del cuerpo—, sino porque no podía. Algo dentro de él n