Eliana se puso de pie de inmediato, dejando el cuaderno sobre la mesa. Su rostro palideció apenas al ver al hombre entrar con pasos firmes y seguros, sosteniendo una tablet en una mano y una carpeta negra en la otra.
—¿Qué ocurrió? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Encontraron algo?
Alejandro asintió despacio y miró primero a Samuel, que ahora observaba curioso desde el suelo.
—¿Podemos hablar a solas? —preguntó con respeto.
—Samuel, Gabriel amorres, ¿por qué no van al cuarto a jugar con los muñe