Las sirenas rompían el aire como un lamento desesperado. La ambulancia se abrió paso entre el tráfico con brutal urgencia, mientras en su interior, el cuerpo de María José era sostenido más por la voluntad de los paramédicos que por sus propios signos vitales.
Isaac iba dentro, con el rostro desencajado, la mano aferrada a la de ella como si su contacto pudiera evitar que se la llevara la muerte. La sangre seguía brotando a pesar de la presión, y su blusa blanca se había teñido por completo de