El reloj marcaba las 11:43 a. m. cuando Samantha cerró lentamente la carpeta con los documentos de la mansión. El silencio volvía a reinar en aquella enorme casa, pero dentro de ella, no había paz.
Solo había rabia. Una furia hirviendo que amenazaba con desbordarla.
Caminó con calma hacia una habitación al fondo del pasillo, una sala privada donde nadie más tenía acceso. Allí, en una repisa de cristal, escondido dentro de un libro falso, descansaba su segundo celular: uno que no estaba a su nom