Eliana acariciaba distraídamente el borde de su taza de té, perdida en las palabras de Samuel. El niño la miraba con esos grandes ojos marrones llenos de nostalgia y cariño, como si en su pequeño mundo no hubiera espacio más seguro que su compañía.
—¿Te acuerdas de todo? —preguntó ella, sonriendo dulcemente.
Samuel asintió muy serio, como si de repente fuera un adulto atrapado en un cuerpo chiquito.
—Claro que sí, Eli. Recuerdo que me hacías sopitas calientitas y me dabas medicina. Aunque a vec