José Manuel salió de la habitación de Eliana y caminó por el pasillo del hospital con el teléfono en la mano, tratando de calmar la ira que ardía en su pecho. Su hijo, su pequeño Samuel, lo había llamado aterrado, llorando, por culpa de Samantha.
Marcó su número sin dudarlo. La llamada sonó dos veces antes de que Samantha contestara con su tono usualmente dulce.
—José Manuel… qué sorpresa —dijo con una falsa amabilidad—. ¿A qué debo esta llamada tan tarde?
José Manuel apretó la mandíbula.
—¡¿Có