Desperté sola.
La luz del sol de la mañana entraba por las cortinas abiertas, suave y dorada, como si la noche anterior hubiera sido un sueño elegante y peligroso.
Pero no lo fue.
León no estaba allí.
No porque se hubiera ido.
Sino porque nunca entró.
Nos habíamos detenido en la puerta de mi habitación intercambiamos números y su mano se mantuvo firme en mi cintura. Su mirada intensa.
—Descansa —había dicho.
Solo eso.
Y se fue hacia su propia habitación al final del pasillo.
Sin insistir.
Sin