Cap 2: La casa que ya no era hogar

El taxi se detuvo frente a la casa de mi madre a las seis de la tarde, estaba nerviosa, ansiosa, preocupada por su reacción. 

Italia olía distinto.

El aire era más salado, más limpio… pero yo seguía sintiéndome sucia por dentro.

Bajé con una maleta pequeña. No era una huida planeada con elegancia. Era una fuga improvisada con miedo.

Mi madre abrió la puerta antes de que tocara.

Las madres siempre saben.

Sus ojos recorrieron mi rostro, mis manos, mi postura rígida.

—¿Qué pasó? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Entré sin hablar. El silencio era más honesto que cualquier explicación.

Cuando por fin me senté en la sala, las palabras salieron como una confesión rota.

—Mamá… tengo que irme. Brandon no va a parar.

No lloré al decir su nombre. Me sorprendió.

Ella sí.

—¿Te hizo algo? —su voz tembló.

Me limité a asentir.

No quería describir empujones. Ni amenazas. Ni esa mirada suya cuando parecía disfrutar verme asustada.

Mi madre cerró los ojos un segundo.

—Esto no puede seguir así.

—No va a seguir —respondí, más firme de lo que me sentía—. Me voy. No le diré a nadie a dónde.

Sabía que Brandon era capaz de todo. Me había seguido al trabajo. Me esperaba fuera del gimnasio. Llamaba desde números desconocidos.

Pero había algo más.

Últimamente estaba rodeado de hombres que no parecían precisamente amistosos. Hablaban bajo. Miraban demasiado. Se movían como si vivieran en un mundo donde la violencia era moneda corriente.

Y Brandon había comenzado a parecerse a ellos.

—Tengo miedo de que se meta en algo peor —susurré.

—¿Peor que esto?

No supe qué responder.

Un ruido de tacones interrumpió el momento.

Era Alicia, la hija del esposo de mi mamá.

Apareció en la entrada de la sala como si estuviera entrando a una pasarela. Cabello perfectamente peinado, vestido ajustado color vino, labios rojos como advertencia.

Siempre impecable.

Siempre calculada.

—Vaya… la hija perfecta volvió —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.

Mi cuerpo se tensó.

—No empieces, Alicia —advirtió mi madre.

Pero Alicia nunca necesitó permiso para ser cruel.

Se acercó lentamente, observándome como si analizara una grieta en una pared.

—¿Qué pasó ahora? ¿El amor de tu vida te dejó?

No respondí.

Ella sonrió llena de hipocresía y disfrute que la estaba pasando mal.

—Siempre supe que Brandon era un desastre… aunque debo admitir que tenía cierto encanto peligroso.

Su tono insinuante me revolvió el estómago.

—No sabes nada —murmuré.

—Sé lo suficiente —contestó—. Los hombres no se obsesionan así porque sí.

El golpe fue sutil. Psicológico.

Como todos los suyos.

Alicia siempre había competido conmigo. Si yo lograba algo, ella lo mejoraba. Si alguien me miraba, ella se aseguraba de que la miraran más.

Y cuando Brandon empezó a volverse más violento… ella parecía disfrutar el caos.

—Escúchame bien —dijo acercándose demasiado—. Si ese hombre está metido con gente peligrosa, huir no te va a salvar.

Sus ojos brillaban. No de preocupación.

De interés.

Y eso fue lo que me heló la sangre.

Alicia no temía a Brandon.

Le atraía.

—Estoy cansada —respondí simplemente.

Ella se encogió de hombros.

—Siempre lo estuviste.

Salió de la sala con el mismo sonido de tacones que había anunciado su llegada.

Mi madre suspiró.

—No le hagas caso.

Pero yo ya no era la Lana que ignoraba señales.

Había algo más en esa mirada. Algo que no entendía todavía.

Esa noche casi no dormí.

El teléfono vibró varias veces.

No contesté.

Un mensaje apareció en pantalla:

BRANDON:
"Si no regresas, voy a hacer algo de lo que te vas a arrepentir."

No decía qué.

No necesitaba hacerlo.

Apagué el celular.

A la mañana siguiente tomé una decisión más grande que la maleta que había traído.

No solo iba a irme de la ciudad.

Iba a desaparecer de su alcance.

—Viajaré por la costa antes de llegar a mi destino —le dije a mamá mientras desayunábamos en silencio—. Necesito pensar. Respirar.

Ella tomó mi mano.

—Italia puede sanar muchas cosas.

No estaba segura de que sanara lo que yo llevaba dentro.

Pero necesitaba intentarlo.

Salí de la casa con el sol iluminando los tejados terracota. El Mediterráneo brillaba a lo lejos como una promesa.

Subí al autobús que recorría la costa.

A través de la ventana, vi cómo la ciudad quedaba atrás.

Playas de arena clara. Casas blancas. Balcones con flores. El azul infinito del mar.

Todo parecía hermoso.

Demasiado hermoso para alguien como yo.

Mientras el vehículo avanzaba, apoyé la cabeza contra el cristal.

Por primera vez en años, Brandon no sabía exactamente dónde estaba.

Pero el miedo no desaparece en un día.

Viaja contigo.

Recordé sus manos sujetando mi brazo. Sus ojos inyectados de rabia. Sus amenazas disfrazadas de amor.

Y por un momento dudé.

¿Y si estaba exagerando?

¿Y si realmente nadie me amaría como él decía?

¿Y si siempre terminaba huyendo?

Entonces miré mi reflejo en la ventana.

Ya no vi solo tristeza.

Vi agotamiento.

Y algo más.

Determinación.

El autobús bordeaba ahora una carretera estrecha junto al mar. El viento movía mi cabello a través de la ventanilla ligeramente abierta.

Sentí el sol en la piel.

No era libertad todavía.

Pero era movimiento.

Y moverse es lo contrario de quedarse atrapada.

Saqué el teléfono y escribí un último mensaje.

"No me busques."

Lo envié antes de arrepentirme.

Luego bloqueé su número. 

Mi corazón latía con violencia.

Sabía que eso lo enfurecería.

Sabía que no aceptaría perder el control.

Sabía que esto no sería el final.

Pero por primera vez…

No estaba huyendo solo de él.

Estaba avanzando hacia mí.

El Mediterráneo se extendía aun más brillante frente a mí.

No sabía que en ese mismo camino encontraría deseo, poder y un tipo de peligro muy distinto al que dejaba atrás.

Pero esa historia aún no comenzaba.

Hoy solo estaba aprendiendo a irme y soltar cosas que sabía que no me hacían bien, que me mantenian cautiva

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