Él todavía cree lo mismo.

El frío dejó de existir en el cuerpo de Amanda en cuanto lo vio.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Fue inmediato, casi insultante, como si su piel hubiera decidido traicionarla y cambiar el temblor por un calor que le subió directo a las mejillas.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

El corazón le empezó a golpear tan rápido que lo escuchó en los oídos, y por un segundo se quedó sin aire, con la mano todavía suspendida cerca de los controles de la calefacción.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Sus ojos se quedaron clava
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