Sigue soñando.
Amanda apartó la mano de inmediato, como si el contacto pudiera dejarle una marca visible, una que delatara lo que acababa de aceptar.
Una apuesta estúpida con el hombre más venenoso que conocía.
No era capaz de seguir ahí un segundo más.
El cosquilleo del alcohol le rondaba la cabeza, suave, traicionero, y lo odiaba porque le aflojaba la lengua y le volvía peligrosamente impulsiva… justo lo que Daniel siempre había intentado provocar en ella.