Bienvenida a tu nuevo edificio.
Los nudillos de Ethan palidecieron alrededor del volante, como si su cuerpo se hubiera adelantado a su mente, apretando el control antes de que la rabia decidiera conducir por él.
La luz tenue del tablero le marcaba la mandíbula, rígida, y Amanda sintió un escalofrío incómodo en la nuca, no porque él fuera peligroso… sino porque, por primera vez, entendió cuánto podía dolerle algo a Ethan cuando se trataba de ella.
—¿Qué hacía él ahí?
Amanda tragó saliva, era la primera vez que le escuchaba esa