Dios... está buenísimo.
Amanda no imaginó que el caos podía crecer tanto en tan pocas horas.
Para cuando intentaron comunicarse con Daniel, ya era demasiado tarde. Su teléfono estaba fuera de servicio, no respondía mensajes y nadie parecía saber dónde estaba. Era como si se lo hubiera tragado la tierra justo después de dejar detrás el desastre.
Y eso, más que tranquilizarla, la inquietaba.
Un hombre como Daniel no desaparecía por miedo. D