El ruido del motor me sacó de mi descanso, no era un motor cualquiera. Era el rugido seco, inconfundible, de un coche deportivo frenando en seco justo frente a la entrada de la mansión.
Estaba sentada en el sofá, con la pierna vendada sobre el reposapiés y una taza de té que ya se había vuelto tibia entre las manos. Me dió un escalofrío que me recorrió la espalda. Agarré las muletas con torpeza y me puse de pie. Un dolor punzante en el muslo me arrancó un gemido ahogado.
En la cocina, oí la vo