La mañana avanzaba con la lentitud de un reloj de arena. El doctor Herrera se había ido, pero sus palabras seguían en el aire como un eco imposible de apagar. Parto prematuro. Desarrollo ralentizado. Riesgo. Las palabras se enredaban en mi cabeza, formando una telaraña de la que no podía escapar.
Sebastián estaba sentado en la silla junto a la cama, con la mirada fija en la ventana. No hablaba. No se movía. Pero yo sabía que no estaba en silencio. Estaba procesando. Midiendo cada palabra del do