Volvimos a la mansión con el amanecer entrando por las ventanas del coche y nadie diciendo nada.
Quiroga conducía el suyo delante de nosotros. Sebastián conducía el nuestro. Yo miraba la ciudad despertar desde el asiento del copiloto con el chupete apretado en el bolsillo del abrigo y una sensación en el pecho que no sabía cómo describir excepto como el peso exacto de no saber.
No saber dónde estaba, si había dormido, si alguien lo estaba sosteniendo bien.
Tiene tres meses y no entiende lo que