El almacén era exactamente como Camila lo había descrito.
Fachada gris. Ventanas tapiadas en el piso inferior. Una puerta lateral en el callejón trasero con la cerradura que ella había mencionado. La furgoneta aparcada a media calle con las luces apagadas.
Y en el piso superior, visible desde la calle si sabías dónde mirar, una línea de luz filtrándose por el borde de una ventana que parecía tapiada pero que por dentro podía abrirse.
Sebastián aparcó a dos manzanas. Quiroga llegó cuatro minutos