La emboscada comenzó en el instante en que cerré mi discurso en la inauguración de la sede mundial del Centro Lirio de la Esperanza en Zúrich. Miles de personas —víctimas, sobrevivientes, colaboradores— estaban reunidas bajo toldos blancos, cuando un ruido ensordecedor cortó el aire: disparos. Diego, hijo de un líder mafioso detenido gracias al disco duro que Lila me había entregado en prisión, había infiltrado el centro con tres compañeros, todos armados hasta los dientes. Vestidos de negro, s