El sol salía sobre el desierto mexicano, pintando el cielo de tonos dorados y rosa, mientras el lirio que Rosa había plantado en su patio florecía con pétalos blancos, resistiendo la arena y el calor. Había pasado cinco años desde que abandonara la mansión Hastings, y el legado del Centro Lirio de la Esperanza había crecido hasta alcanzar rincones del mundo que nunca imaginé. Nuestra terapia para traumatismos por arma de fuego estaba presente en más de treinta países, y miles de víctimas habían