El silencio que siguió a las palabras de Aitana fue como una granada a punto de estallar. En la galería de arte, los invitados —humanos ajenos a la guerra de instintos que se libraba— empezaron a murmurar, sintiendo la súbita bajada de temperatura.
Caleb Blackwood sentía que la sangre le hervía. Ver a Aitana —su Aitana— caminar con esa elegancia gélida hacia la oscuridad de la terraza, bajo el brazo protector de otro Alfa, era una tortura que no había previsto en su retorcido plan.
—Suéltame, T