El aire de Lunaris no olía a pino ni a sangre, los aromas que habían definido la existencia de Aitana durante veinticuatro años. Aquí, el aire estaba cargado de café recién molido, lluvia sobre el asfalto y ese perfume eléctrico que solo las grandes ciudades poseen. Para cualquier otro lobo, el ruido de la metrópoli sería una tortura para sus oídos sensibles, pero para Aitana, era un escudo. Cada claxon y cada conversación ajena eran capas de estática que la protegían del silencio donde aún res