Al día siguiente, el médico llegó a la casa. Me encontró sentada en la ventana de mi habitación, mirando el jardín donde Chloe solía jugar sin preocupaciones. El médico, un hombre con gafas gruesas y voz suave, se sentó en la cama y comenzó a hacer preguntas, escribiendo en su cuaderno con una pluma que rasgaba el papel.
—¿Por qué sigues lastimándote, Evelyn? —preguntó, mirándome a los ojos.
Sostuve la taza de té que mamá me había dado, caliente entre mis manos, y respondí con sinceridad:
—Solo