El hospital era mi santuario. Entre las paredes blancas y el olor a desinfectante, yo no era la loba rechazada ni la madre soltera que lloraba en las lunas llenas; era la Doctora Elena Ferrer, la mujer cuyas manos decidían quién vivía y quién moría.
Esa mañana, el ambiente en el área de cardiología estaba eléctrico. El director del hospital me interceptó en el pasillo, luciendo más nervioso de lo habitual.
—Elena, gracias a Dios que llegas. Tenemos un traslado de emergencia. Un paciente VIP de