La cirugía fue un campo de batalla. Durante cuatro horas, el pecho de Elias Blackwood estuvo abierto bajo mis manos. Cada sutura, cada movimiento del bisturí era una lucha contra el tiempo y contra mi propia memoria. Mientras reparaba las arterias del hombre que me expulsó de su manada, solo podía pensar en una cosa: la lógica de la supervivencia. No lo salvaba por perdón, lo salvaba porque yo era mejor que todos ellos.
Cuando finalmente cerré y el monitor mostró un ritmo estable, sentí un agot