La mansión Blackwood no era solo una casa; esa noche, se convirtió en una trampa de lujo. El aire estaba cargado con la electricidad que precede a la ejecución. Maximilian, con el rostro tallado en obsidiana, observaba desde el monitor de su despacho cómo un coche deportivo plateado cruzaba la entrada principal.
Bianca llegó con la arrogancia de quien se cree dueña del tablero, ignorando que el Rey ya había despertado y la Reina había afilado su corona.
—Es hora —dijo Maximilian, ajustándose un