El silencio en el salón tras la partida de los invitados era más ensordecedor que los gritos de Arturo en el video. Los pétalos de rosa en el suelo parecían ahora manchas de sangre. Maximilian permanecía de pie, con la espalda rígida, mirando la pantalla vacía como si esperara que la imagen cambiara y borrara la traición.
—Maximilian, mírame —suplicó Elena, dando un paso hacia él. Sus dedos temblaban tanto que las joyas del collar emitían un tintineo metálico—. Es cierto. Hubo una grabadora.
Él