El amanecer sobre las Tierras de Hielo no trajo claridad, sino una neblina densa y opaca que parecía devorar los sonidos. Aitana terminó de cerrar la maleta de Elara, sintiendo un peso en el pecho que no podía atribuir solo al cansancio. La planta marchita en el invernadero había sido una advertencia silenciosa: el mal no se había marchado, solo había cambiado de forma.
—¿Estamos listas? —la voz de Leo entró en la habitación, rompiendo el trance de Aitana.
Él ya vestía su equipo táctico de cuer